Existen novelas que parecen tener vida propia. Orgullo y prejuicio es quizás el mayor exponente de ese fenómeno: una obra que creció más allá de su autora para convertirse en un arquetipo cultural. Es fascinante preguntarse si Jane Austen sería capaz de reconocer su creación entre tantas versiones cinematográficas, todas ellas hijas de su ingenio.
Este fenómeno no es exclusivo del romanticismo. La calidez de Mujercitas, el dramatismo de Jane Eyre o la oscuridad de Entrevista con el vampiro , comparten un mismo objetivo: trasladar la esencia de una historia a un nuevo lenguaje. Al hacerlo, nos ofrecen una doble oportunidad: redescubrir un clásico y, de paso, asomarnos a la mente privilegiada de quien lo concibió.

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